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Me siento humillada

Me siento humillada

Me siento humillada. Observo en el espejo mi reflejo, mi figura inerte. Es como si hubieran arrebatado una parte de mi ser. Maldigo el día en que accedí a tus deseos.

BDSM en estado puro

Un día te vi, tan guapo, tan elegante… con esa sonrisa traicionera. Te adopté como mi esclavo. Quería humillarte, someterte en mis juegos sexuales. Quería que fueras mi juguete, mi consolador humano. Pero al mismo tiempo te deseaba, tanto como a esas esposas que utilizo para atrapar mi placer. Y así fue como te entregaste, como tu cuerpo pasó a mí y como lo recorrí jugando a ser diosa. Entonces eras sólo un cachorro en mis brazos, que ansiaba un poco del morbo que sólo yo podía entregarte.

Me siento humillada

Ama a… amante

Pero poco a poco fuiste cogiendo confianza. Primero me hablaste, con mi permiso por supuesto. Pero durante unos minutos jugaste de tú a tú, en este juego de la sumisión. Después quisiste romper las reglas: desobedeciste una orden. Normalmente te habría castigado, habría conseguido que te arrepintieras y me pidieras perdón. Pero no fue así. Sentí mi sexo arder en deseos. Por un momento me vi como sumisa y… ¡lo aprovechaste! Me sugeriste que me arrodillara, que recibiera unos azotes y gritara de placer… por ti. Y lo hice. Casi como un instinto, cegada por el morbo. Mi curiosidad rompió mi esencia.

A cuatro patas… y lamiendo el suelo

Sí, yo era tu ama. Y permití este cambio de roles. Acepté por una vez ser la sumisa. Pero paso algo dentro de mí, que me hizo cambiar. Sentí deseos de ser humillada, de complacer a mi amo, tal y como antes deseaba que un sumiso me adorara. Quería ver el otro lado del BDSM, de como complacer a la persona que quieres podía llenarte. Y lo hice, a ciegas. Sin ver límites. Accedí a todo lo que me pedías, porque me había enamorado de esa sonrisa traicionera, tan guapo, tan elegante.

Me siento humillada

 

 

Me pediste que me arrodillara, a cuatro patas. Mientras me dabas azotes. Eran dolorosos, pero cada punzada de dolor la sentí como una demostración de amor. Pero no era suficiente. No… tú quisiste llegar al límite… y yo no puse frenos. Y lo que hiciste fue la mayor humillación de todas. Te masturbarte delante de mí, sin tocarme. Sólo te pusiste delante y me obligaste a mirar. Después te corriste en el suelo… para que lo lamiera. Lo hice, por supuesto que lo hice. Estaba entregada. Tú lo sabías. Pasé mi lengua por el suelo hasta llegar al fluido blanco. Lo lamí y lo saboreé. Ya no podía sentir más placer. Estaba gozando con esa humillación.

Un bodage brutal

Lo peor estaba por llegar. Tras esa escena de absoluto delirio, aun fuiste más lejos. Me obligaste a no quejarme. Me ataste. Después me enganchaste a la polea del testo y me izaste. Me dejaste suspendida en el aire, indefensa, ante los caprichos de un esclavo que había tomado el rol de amo. Utilizaste esa postura para introducir tu verga en mi boca, aprovechando el vaivén de la cuerda. Es más, me agarraste del pelo y me follaste la boca, hasta la garganta. Aguante las nauseas, casi con lágrimas en los ojos. Estaba en un delirio de placer. Realmente no sabía ni lo que estaba haciendo, sólo me dejaba llevar.

Justo antes de correrte, paraste en seco. La sacaste de mi boca, me diste dos tremendos pollazos y fuiste hacia la parte de atrás de mi cuerpo. Respiré aliviada. Estaba en un punto en el que deseaba parar, pero no dije nada. Muchas veces había sido yo la que había sobrepasado y exigía respeto. El BDSM es un arte que busca el placer absoluto en el sexo. Y eso es lo que mi amo, en ese momento, quería hacer conmigo. Sus técnicas eran brutales, pero… de eso se trata. Sin embargo verlo en el papel dominante me hacía replantear mis sentimientos hacia el. Tal vez sólo lo quisiera como un juguete, y no como a una persona de igual a igual. Por eso debía superar esa dura prueba y aclararme.

Bondage sexo por detrás

Entonces mi esclavo dominante empezó a lamer mi ano. Estaba preparando mi culito para… seguramente forzarlo a unas embestidas brutales. Yo seguía en mi mundo de lujuria, mordiéndome los labios para no gritar de gusto y deseando que terminara como antes. No estaba acostumbrada a ese tipo de humillaciones y, era tanto el placer, que no podía soportar ni  un segundo más la ausencia de una polla dentro de mí. Pero las embestidas no llegaron. El momento tan deseado no llegaba… Me siguió masturbando hasta que chorreé de gusto. Y así se lo supliqué “fóllame”, casi como un susurro.

Esa fue la señal para volver a azotarme, aun con más fuerza. Me abrió las nalgas e introdujo su miembro. Lo hizo por el culo, aprovechando los jugos vaginales que se habían mezclado en una vorágine de locura. Me cogió por la cintura, mientras me empujaba hacia detrás y hacia delante. El vaivén de la cuerda hizo que los movimientos fueran bruscos, violentos. Yo grité como una zorra, encontrando sensaciones que nunca antes había experimentado antes. Sólo podía apretar las piernas para tratar de calmar el placer, pero ahí estaba él, embistiendo como un toro. Y así fue como sentí el mayor orgasmo de mi vida. Grité, lloré y morí de gusto.

Sumisa a cuatro patas

Después de eso soltó las cuerdas y me dejó en el suelo, tirada. Noté como bajaba, porque mi cuerpo temblaba y ese movimiento lo sentí como desgarro. Estaba rota, pero quería repetir. Me sentí humillada. Había probado todo lo que acostumbraba a hacer sentir yo. Y se había convertido en una droga: quería más. Quería volver a sentirme humillada, a dejarme forzar por mi amante. Me convertí en en esclava, por ti. Y por eso maldigo el día que te conocí. Maldigo haberme dejado arrastrar al otro lado del BDSM. Y maldigo esa agencia donde me apunté para ganar algo de dinero con mis esclavos. Sí, soy una de las Escorts BCN, y esta es mi historia. Y así es como a partir de ese momento me siento humillada y me ofrecí como sumisa.

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